Domingo 23 Julio 2017

“…pido al Señor que aquí en San Ignacio, nos dé por lo menos un obispo santo, muchos sacerdotes gozosos, religiosas bienaventuradas y un pueblo que siempre encuentra su gloria en Cristo, luz de las naciones” esas fueron las palabras finales que resumen perfectamente la homilía de Monseñor Robert Flock en su instalación como nuevo Obispo de San Ignacio este jueves 2 de febrero en presencia de varios Obispos del país y desde luego, del Obispo saliente Monseñor Carlos Stetter.

A tiempo que habló de la responsabilidad de “pastorear” el rebaño, recordó cuando él en calidad de sacerdote oraba a Dios pidiendo “al menos un Obispo Santo” y “Así como al Señor también le gusta un buen chiste, respondió a la oración, haciéndome Obispo a mí, para desafiarme a ser un Obispo Santo” dijo el nuevo Prelado de San Ignacio.

Para los sacerdotes y vida consagrada deseó particularmente “que sean alegres, gozosos, según lo que dijo Jesús en la última cena: “Les digo estas cosas para que mi gozo esté en ustedes y su gozo sea completo.” (…) Pues, sin alegría –prosiguió Monseñor- la santidad es falsa y sin gratitud la misión es una cruz sin misericordia”.

Les presentamos su homilía completa:

Instalación como Obispo de San Ignacio de Velasco

Solemnidad de la Presentación del Señor y Virgen de la Candelaria

Jornada de la vida consagrada

Queridos hermanos,

En primer lugar quiero agradecer a todos los que están presentes para esta celebración, especialmente quienes han hecho un gran esfuerzo para viajar grandes distancias: mis hermanos Obispos de toda Bolivia, hermanos sacerdotes de los EEUU, y de varias partes de Bolivia, Diáconos Permanentes de Cochabamba, feligreses de mi antigua parroquia en Santa Cruz, autoridades de San Ignacio y de la Chiquitanía, fieles y religiosos/as de todas las comunidades de la Diócesis. Muchas gracias.

“Por lo menos un Obispo santo”

Cuando había llegado a Bolivia como misionero en 1988, Mons. Luis Rodríguez, Cochabambino, era el Arzobispo de Santa Cruz. Al finalizar la Misa siempre rezaba: “Señor, dadnos sacerdotes; Señor, dadnos sacerdotes santos; Señor dadnos muchos sacerdotes santos.” Un día yo dije a un amigo sacerdote: “Tengo otra versión de esta oración: Señor, dadnos Obispos; Señor, dadnos Obispos santos; Señor, dadnos por lo menos un Obispo santo.”

Así como al Señor también le gusta un buen chiste, respondió a la oración, haciéndome Obispo a mí, para desafiarme a ser un Obispo Santo. Gracias a Dios, Mons. Rodríguez, sí, fue un Obispo santo, y han habido otros, como por ejemplo el Cardenal Julio Terrazas: hombres totalmente entregados a su misión, aterrizados en la realidad del pueblo y conscientes de la magnitud de la misión que el Señor nos encomienda. Creo que con todos mis compañeros Obispos, la gran mayoría presentes hoy, rezamos con sinceridad las palabras especiales que la Iglesia nos exige en las plegarias eucarísticas: “por nuestro Santo Padre, el Papa Francisco y por mí, indigno servidor tuyo”. Pido a todos ustedes su oración para mí y para todos los obispos, para que les podamos servir con el corazón y la bondad del Buen Pastor, nuestro Señor Jesucristo.

Sacerdotes y religiosos gozosos

En cuanto a los Sacerdotes, yo quisiera que sean alegres, gozosos, según lo que dijo Jesús en la última cena: “Les digo estas cosas para que mi gozo esté en ustedes y su gozo sea completo.” Lo mismo quiero para nuestras hermanas y hermanos de la Vida Consagrada: que la vocación recibida del Señor, con los compromisos asumidos y el carisma propio de su comunidad y de su apostolado, sea motivo para sentirse dichosos y bienaventurados. Pues, sin alegría la santidad es falsa y sin gratitud la misión es una cruz sin misericordia. Vivimos rezando con la Virgen María: “El Señor me ha mirado en mi pequeñez y hace grandes cosas por mí.” Que nuestra vida sea un creciente enamoramiento con el Señor y aquella porción del rebaño que nos toca atender.”

“Pastorea el Rebaño”

“Pastorea el Rebaño.” Así reza mi lema episcopal. Viene de la Primera Carta de San Pedro, al dirigirse a los Presbíteros: “Pastorea el Rebaño de Dios que les han confiado, no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere… Así cuando se revele el Pastor supremo, recibirán la corona eterna de la gloria.” Siempre me ha gustado este versículo de la Biblia porque en inglés, “rebaño” es lo mismo que mi apellido: “Flock”. Cuando estaba estudiando Biblia en el Seminario, observaba que en el griego del Nuevo Testamento, “pastorea” y “rebaño” son variantes de la misma palabra. Así me toca ser pastor y rebaño al mismo tiempo, un recuerdo en mi propia identidad sacerdotal y episcopal, de la regla de oro: “Tratar a los demás lo que yo quisiera que me traten a mí”.

Como indica mi apellido, soy misionero del exterior, pero como Obispo, soy sucesor de los Apóstoles. Con excepción de Santiago, el primer mártir entre los Apóstoles, todos ellos eran misioneros que salieron a otros pueblos para cumplir con el mandato de Cristo: “Vayan y hagan discípulos de todos los pueblos”. Este envío sigue vigente hoy; así por pedido del Papa Francisco y por llamada de Dios yo me encuentro aquí en la Diócesis de San Ignacio de Velasco, en medio de estas antiguas y hermosas misiones jesuíticas. Los anteriores Obispos han sido Alemanes; yo soy norteamericano de descendencia alemán. Quizás aquí hay un joven sacerdote Boliviano que algún día sea Obispo de San Ignacio.

Una cosa que se nota, al mirar a los Obispos, es que los nativos entre nosotros suelen ser nombrados más joven que los extranjeros, típicamente unos diez años. Eso porque el misionero de afuera necesita tiempo para entrar plenamente en esta vida y misión. Por otro lado, la Iglesia quiere que sus pastores sean en lo posible del mismo pueblo, y entonces aquellos hermanos que tengan las cualidades que se busca, son elegidos inmediatamente. Les toca con menos años y experiencia asumir las responsabilidades de Obispo, y por eso merecen todo nuestro apoyo, comprensión y oración.

Una excepción fue Mons. Carlos Stetter, quien llegó joven después de una experiencia misionera en Guatemala, y aquí se entregó totalmente a los desafíos de esta misión. Ahora está por cumplir 29 años de Obispo, habiendo ordenado a casi todos los sacerdotes diocesanos y haber construido no solamente capillas, templos y este hermoso catedral, sino también una Iglesia viva, orgullosa de su fe y cultura católica. Anoche agradeció a Dios por la misión cumplida; a nosotros nos toca agradecerle a él por estos años de servicio fiel y acertado.

Luz para alumbrar a las naciones

Quizás Mons. Stetter se siente como el Santo Simeón en el Evangelio de Hoy, quien a ver al niño Jesús dice: “Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu servidor irse en paz.” Pero no se debe identificar al nuevo Obispo con el niño Jesús, aunque como todo sacerdote ejercemos el ministerio en la persona de Cristo. A todos nosotros nos toca estas palabras del Santo Simeón: “Mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel”.

Me parece que gran parte de nuestra misión es compartir nuestra experiencia de Cristo Jesús como Salvador, como Luz y como gloria de su pueblo. Y luego facilitar esta experiencia para los demás, de manera que todos podamos sentir que conocemos a Jesús personalmente, e identificarnos como discípulos suyos, es decir, como personas que nos apoyamos en su amistad y en su señorío y como quienes encontramos el camino de nuestra vida en su luz, y no en las ideologías y caprichos del mundo.

Una señal de contradicción y la Santísima Virgen María.

No todo lo que dijo Simeón era tan bonito: Cuando se dirigió a la Virgen María, dijo que el niño era “una señal de contradicción para revelar la actitud de muchos corazones”, y que una espada atravesaría el corazón de esta Virgen de la Candelaria. Pues, como sabemos, cuando la luz de Cristo brilla sobre las situaciones de injusticia y de pecado, las pone de relieve, provocando hasta la furia de los violentos, quienes no dudan en crucificar al Hijo de Dios, y a veces a sus seguidores.

Por eso, a todos nos toca también una porción en la Cruz, si vamos a ser fieles a nuestra vocación como discípulos misioneros de Jesucristo. Pero tal como la Virgen Madre acompañó a su hijo Jesús durante su ministerio y hasta en su Cruz y resurrección, también nos acompaña a nosotros durante toda nuestra vida, y de manera especial a quienes recibimos el encargo de pastorear su rebaño. Es ella que nos ayuda, como al niño Jesús, a crecer en gracia, sabiduría y hasta estatura delante de Dios y su pueblo.

Entonces por intercesión de la Santísima Virgen María, Virgen de la Candelaría y nuestra Señora de Chochis, pido al Señor que aquí en San Ignacio, nos dé por lo menos un obispo santo, muchos sacerdotes gozosos, religiosas bienaventuradas y un pueblo que siempre encuentra su gloria en Cristo, luz de las naciones.

Fuente: Oficina de prensa de la Arquidiócesis de Santa Cruz.

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