Jueves 24 Enero 2019

Este pasado domingo 32º segundo del tiempo ordinario y penúltimo del calendario litúrgico, las Sagradas Escrituras nos mostraban la imagen de dos mujeres, dos viudas que dan de sí para poder dar vida, bajo su entrega total al Señor.

P. Carlos Curiel, Vicario General de la Arquidiócesis de Cochabamba en la Eucaristía Dominical, celebrada en la Catedral Metropolitana, en relación a la figura de estas mujeres, se refirió a la necesidad de establecer una justicia social, donde se tengan que compartir los bienes entre todos, dejando de existir pobreza, donde solamente se beneficien algunos grupos de poder. También mencionó que estamos llamados a compartir del o que tenemos y no de aquello que nos sobre, sino ayudando a quien realmente necesita. Y con ello dijo que todo lo podamos dejar en manos de Dios, quien nos proporciona aquello que realmente necesitamos.

Video y Texto de la Homilía

Antes del acto penitencial se nos invitaba a la mesa de la Palabra y de la Eucaristía. Cómo asumimos la Palabra que escuchamos cada domingo y en cada Eucaristía. Cómo vivimos ese alimento que nos da fuerza en el camino, como es ese Pan Eucarístico, con el vino de la fuerza de la salvación.

La palabra de Dios, hoy, nos invita a una actitud, humilde, sencilla, con espíritu de pobre. Esta bienaventuranza vivirla con todo el corazón, con todo el alma y con todo nuestro ser.

Como pueblo de Dios peregrinamos en la vida y en las circunstancias de la vida, muchas veces, en nuestros, países hay abundancia hay abundancia de bienes, hay una prosperidad económica hay abundancia para que podamos gozar de los bienes que la tierra misma nos promete; desde la administración que hacen los gobernantes. Pero también en muchas ocasiones nos encontramos nuestro pueblo sufren miseria, muchas veces por la corrupción por la mala administración, por las estructuras injustas sobre las cuales montamos nuestros países. Y eso lleva a realidades muy crudas y muy duras.

Esas realidades donde incluso, donde hay abundancia de alimentos donde hay abundancia de riqueza, sigue habiendo pobreza sigue habiendo miseria, sigue habiendo hambre sigue habiendo esa destrucción de la dignidad humana o la búsqueda de pisotear esa dignidad humana.

Hoy, el Señor Jesús nos pone dos bellos ejemplos. La palabra de Dios nos pone estos ejemplos de estas dos viudas una en Sarepta, tierra pagana, es decir personas marginadas porque no pertenecían propiamente a ese pueblo de Israel. A esa viuda que pertenecía a ese pueblo fue enviado el profeta Elías. Y el profeta Elías se acerca en una actitud de visitarle, en una actitud acercarse a esa miseria humana que está viviendo ella con su hijo. Una viuda, un huérfano.
Recordemos que la viuda y el huérfano son predilectos de Dios a lo largo de toda la escritura. Y al enviarle ese profeta, el profeta ve la realidad que está viviendo, sin embargo se atreve a pedirle algo vital, agua y pan, algo vital para continuar el camino; algo vital que permite compartir lo que somos y lo que tenemos. La viuda le dice no tengo más que un puñado de harina y un poquito de aceite, buscaré leña haré un pancito para mí para mi hijo, comeremos y después moriremos.

El profeta le invita a tener confianza, el profeta le invita a que aquello que ella comparte, desde la humildad, desde la escasez, redundará en abundancia. Pongámoslo también en el amor, cuando él le pide este pan y ella le pronuncia esas palabras: has y confiemos en el Señor.

Cuánta experiencia de esta realidad no tenemos en nuestra vida, en el medio del campo, en el campo donde el pobre, cuándo vas a compartir con él te da hasta lo que no tiene, lo busca lo encuentra. El gozo de compartir lo poco que tiene contigo, que le vas a visitar, resulta para él una alegría que alimenta su espíritu, su espíritu de fraternidad, su espíritu de Amor a Dios. Lo he vivido claramente en los campos de Anzaldo donde una vez fui a celebrar una Eucaristía de un difunto y ya cuando me venía, me dice la familia: “padrecito, sírvase este platito”, un arroz y un huevito. Posiblemente lo tenían para la cena, no les importó compartirlo conmigo, era un compartir de agradecimiento por haberles visitado y por haber compartido el dolor de la pérdida del ser querido, y en agradecimiento no se dio solamente esta comidita, se dieron ellos también, mostrando esa fraternidad, mostrando ese amor fraterno, y ese cariño.

Queridos hermanos, alimentémonos de esa vida, desde la sencillez y desde la pobreza, desde la humildad, desde la humildad que es llenada el corazón por la palabra de Dios y por la vida misma de Jesús, que se da a sí mismo, que se da e intercede por nosotros, como lo leíamos en la segunda lectura.

Por esto y por todo ello, alaba alma mía al Señor, alaba alma mía al Señor y dame un espíritu de discernimiento, para que sea sensible a las necesidades de mi hermano; y desde la sencillez, desde la humildad, desde la pobreza pueda compartir lo que tengo y lo que soy, con mi hermano y sobre todo con el más pobre.

El Señor mantiene la fidelidad siempre, decíamos en el salmo. Ese señor que es fiel y que te ha llamado, respóndele también con fidelidad, escuchando su palabra, meditándole en el corazón y tratando de vivir desde ella.

Hermosa escena nos presenta el Evangelio de hoy. Jesús sentado donde depositaban las ofrendas, ve que los ricos echan mucho, echan bastante. Jesús lo dice claramente echan en abundancia; pero sobre todo se fija en aquella mujer que hecha aquellas moneditas, que era seguro lo único que tenía para vivir. Pero lo hace con tal confianza, de esa expresión tan popular que encontramos muchas veces: Dios proveerá. Se abandona a la confianza de eso.

Pero también situémonos en el lugar de los ricos. Cuántas veces nosotros damos solamente lo que nos sobra o lo que ya no nos sirve, y lo hacemos incluso con aires de bienhechor, con aires de que estamos haciendo un bien. No es que esté mal, pero nosotros debemos ir más allá, debemos dar incluso lo que nos hace falta; como lo hizo esta mujer, como lo hizo la viuda de Sarepta. Dar incluso lo que nos hace falta, no estar haciendo cálculos: si lo necesitaré más adelante, no vaya a ser que lo necesite algún familiar; sino que nos desprendamos de todo aquello que sea para compartir y poder celebrar la vida compartida, desde lo que somos y desde lo que tenemos.

Por eso la actitud de los ricos, como digo, no es mala; pero que no nos lleve a lo que sucede muchas veces, con los que se erigen como bienhechores de la Iglesia, bienhechores de alguna congregación, bienhechores de alguna obra social, que dan y dan en abundancia, pero muchas veces exigen que ese dar retorne en algún beneficio. Por eso nos decía una vez un profesor de teología: cuidado con los bienhechores, porque muchas veces son opresores, pasan factura. Después de darte, después de ayudar, te van a buscar un beneficio tuyo. Que no sea así entre nosotros. Que nos desprendamos de los bienes, sobre todo para compartir y para que todos tengamos vida, y desde esa vida compartida reflejamos el amor misericordioso la bondad y la humildad de Jesús misericordia, de Jesús amor.

Que la fuerza del Espíritu Santo nos ayude a construir familias, nos ayude a construir sociedades donde todos compartamos lo que somos y lo que tenemos, para enriquecernos en el amor de Dios en el amor fraterno. Que el Espíritu Santo nos ayude en este emprendimiento.
Amén

Carta Pastoral 2017

pcp

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