Lunes 10 Diciembre 2018

Este pasado domingo trigésimo del tiempo ordinario, la palabra de Dios nos mostraba la escena de la curación el ciego Bartimeo. P. Carlos Curiel, Vicario General, presidió la Eucaristía dominical en la Catedral de San Sebastián, refiriéndose en su homilía a este pasaje del Evangelio.

P. Carlos matizó que Dios está siempre en nuestro camino de vida y anda regalándonos contantes maravillas, signo de ese amor profundo. Al ser parte del pueblo de Dios no llama que podamos dar a conocer ese amor.

Centrando ello en el Evangelio, donde Jesús sana a Bartimeo, P. Carlos recuerda que muchas veces tenemos la altitud de esos discípulos que no escuchan el clamor del sufriente y hasta lo hacen callar; donde las políticas o ideologías priman antes que la persona y su pronta atención. Con ello invita a primeramente escuchar la voz del Señor para vivir una conversión plena y así extender la mano a quien lo necesite.

También se refirió a la actitud de ser Bartimeo, necesitados del Señor para que pueda sanar nuestras enfermedades, para que Él nos devuelva la vista, así contemplarlo y contemplar las maravillas que vienen de Dios

Video y texto de la Homilía.

Nuestra vida, nuestra fe, nuestra esperanza, nuestro amor, es un camino. Nuestra fe inicia un camino con nuestro bautismo, participamos de la comunión de Jesús Eucarístico en comunión con Dios, con nuestros hermanos, con nuestros difuntos, con todo el pueblo confirmamos esa fe.

Y vamos viviendo esos sacramentos como momentos importantes de ese camino de fe. Pero en ese camino de fe, muchas veces se nos van presentando cegueras, se nos van presentando obstrucciones, para poder ver con claridad a quién seguimos. Seguimos a Jesús o seguimos otras realidades, seguimos a un Dios de la vida que nos ha llamado y que nos ha invitado a ser parte de un pueblo de Dios, que se alegra en la fe en la esperanza y en el amor; para hacer de nuestra vida personal, comunitaria y de pueblo una vida feliz, una vida donde compartamos lo que somos y lo que tenemos, una vida compartida en la justicia en la paz y en la unidad.

Ese camino, si bien lo emprendemos ahí, lo emprendemos como pueblo de Dios y muchas veces sufrimos destierros; no solamente destierros hacia el extranjero, no solamente destierros fuera de nuestro país o de nuestra casa. Muchas veces nuestros destierros son productos de las injusticias sobre las cuales hemos construido nuestras sociedades y tenemos en nuestras sociedades muchas exclusiones, muchas marginaciones de hermanos.

Pero de qué manera tan bella, hoy, la primera lectura nos dice que ese pueblo desterrado vuelve Dios y el mismo pueblo que todavía permanecía ahí lo recibe con alegría. Porque lo recibe con ese mismo amor de Dios diciéndole: griten jubilosos, aclamen a la primera de las naciones, hagan oír alaben y digan el Señor ha salvado a su pueblo. Qué manera tan bella de dar una bienvenida a aquellos que han sido desterrados, por tantas situaciones de la vida.

Miremos nuestra Cochabamba miremos nuestra Bolivia, cuántos desterrados no hay, cuántos marginados, cuántos deprimidos socialmente nos encontramos en el camino de la vida. Alegrémonos con ellos porque la liberación ha venido por parte del Señor que es bueno y que es misericordioso. Yo les hago venir los, reúno de los extremos de la tierra, hay entre ellos de todo, ciegos, lisiados, mujeres embarazadas. Es una gran asamblea que vuelve aquí.

Sintámonos pueblo de Dios, independientemente de nuestra condición social, económica, política, sintámonos auténticamente hermanos y pueblos de Dios, que el señor nos invita a gritar con alegría gracias señor porque me liberas; gracias señor porque liberas a un pueblo de toda injusticia, de toda iniquidad, de toda opresión y de todo aquello que ha pisoteado la dignidad del ser humano.

Recordemos que en esa época, el ser humano cuando sufría una enfermedad o era culpa de él o la culpa del padre, era un pecador era marginado. Sin embargo Dios nos invita a verlo con ojos de ternura y a descubrir la dignidad, para que con ese hermano también caminemos alegres en la esperanza, firmes en la fe y podamos comunicar la alegría del Evangelio, de esa buena noticia que nos trae el señor con su liberación. Por eso cómo termina este párrafo del profeta jeremías: “porque yo soy un padre para Israel, Efraín es mi primogénito”. El Señor nos dice porque yo soy un Padre para Bolivia, soy un Padre para Cochabamba, son mi primogénito, les amo; vengo con misericordia para que nos alegremos juntos y podamos descubrir las grandes cosas que el Señor ha hecho por nosotros.

Querido hermano, querido hermana, ¿descubres las grandes cosas que el Señor ha hecho en ti? ¿Descubres las cosas grandes y bellas las maravillas que Dios ha hecho en Cochabamba descubre las cosas bellas que Dios ha hecho en Bolivia? O qué esperamos de Dios, cómo esperamos verlo. Esperamos verlos solo en situaciones extraordinarias que la ciencia no puede explicar.

Porque no descubrimos las maravillas de Dios, en la sencillez en la humildad, en la pobreza desde abajo. Por qué no descubrimos las maravillas que hace Dios en un hijo de familia que ha estado rebelde y vuelve a su padre y a su madre, perdónenme, perdóneme quiero compartir lo que lo que ustedes son y lo que ustedes tienen y lo mío también. Por qué nos vemos las maravillas del Señor que obra en los esposos que se reconcilian en el amor y que se reconcilian para buscar la unidad y sentir la presencia de un Dios que es amor y misericordia. Por qué no vemos las maravillas del Señor, cuando movimientos sociales o hay instituciones que se abocan a descubrir las necesidades del hombre, de la mujer de hoy y tenderles la mano para que el señor sientan y experimenten el amor y la misericordia de Dios.

Descubramos al Señor en la humildad, pero para eso tenemos que pedirle que nos libere de tanta ceguera, que nos abra los oídos para escuchar los gritos del pobre sufriente, los gritos del necesitado. Nuestra sociedad está llena de ruidos, nuestra sociedad está llena de gritos que muchas veces no llegan a nuestros oídos porque se confunden entre tanto ruido. Por lo tanto, si se confunden entre tanto ruido, tengo que acercarme a ese grito del pueblo tengo que acercarme al grito del drogadicto, del alcohólico, de la prostituta, del que sufre, que grita piedad y clemencia, que grita dame tu mano para levantarme de esta miseria humana.

Cuántas veces también no escuchamos el grito del que sufre una enfermedad que se puede curar pero que por razones de políticas sociales y de políticas de salud no se le atiende debidamente. Cuantos gritos tenemos en nuestra sociedad; por qué no los escuchamos, porque no nos acercamos con oído atento.

Por eso este mensaje de hoy, del evangelio, podemos tener dos posturas: nos podemos situar como el ciego Bartimeo, que si nos ponemos a ver no tiene nombre Bartimeo significa es hijo de Tineo, no estamos mencionando su nombre porque muchas veces en esta época el pobre no tenía nombre. El pobre, en el único pasaje donde aparece con nombre es en la parábola del pobre Lázaro, parábola que nos presenta el Evangelista Lucas.

Por eso queridos hermanos descubramos la dignidad de esta persona, situémonos y pongámonos en el lugar de Bartimeo. Si decíamos que la fe era un camino, en ese camino de fe podemos tener muchas cegueras, y al borde del camino descubrir que Jesús está pasando, que Jesús está ahí presente; que Jesús sí oye tu grito, incluso un grito repelido por los que le acompañaban.

Jesús escucha esa plegaria que brota de un corazón sufriente. Jesús escuche esa plegaria que brota de un corazón que siente la necesidad de liberación, liberación que solo se encuentre en Él.

Por eso querido hermano si estás en el camino, con esta ceguera que no te permite ver la verdad, que no te permite ver a ese Jesús camino verdad y vida, pídele que te libere de ella, escucha ese llamado. Fíjense cómo se acerca, después de que lo han reprimido, después de que le han dicho cállate, él, después cuando el señor le dice llámenlo, le dicen ánimo levántate, el Señor te llama. Ese llamado debe resonar en tu corazón, porque hoy te llama para liberarte de tanta ceguera, para que puedas ver al mundo con toda la realidad y sentir el llamado del Señor, y responder con generosidad tendiéndole la mano al más necesitado.

Porque fíjense bien como nos dice también el Evangelio, vio a Jesús y luego lo siguió por el camino. Continuemos ese camino como discípulos misioneros del Señor, que el Señor cuando nos libere de esa ceguera lo podamos ver a Él, como el camino la verdad y la vida y lo sigamos con entrega generosa despojándonos de cualquier lastre, despojándonos de cualquier ceguera que nos impide ver la vida con toda su belleza, porque se manifiesta en el amor de Dios.
Por eso queridos hermanos, también nos tenemos que situar, en algún momento de nuestra vida, como los discípulos y los que acompañaban al Señor, en ese camino, de Jerusalén pasando por Jericó; cuando allí precisamente éstos reprimen al que está gritando. Cuántas veces nosotros no se lo hemos hecho callar el grito del sufriente, el grito del pobre, el grito de aquel que necesita del Señor Jesús, que no sea así entre nosotros. Que escuchemos los gritos de nuestro pueblo y que juntos nos levantemos, para que escuchando el llamado del Señor nos ayude a vivir la vida en plenitud, construyendo sociedades justas, fraternas y unidas. Que nos preocupemos de los más necesitados y les mostremos a Jesús camino verdad y vida; a Jesús libertador de nuestra vida.

Que la fuerza del amor de Dios esté siempre en nuestros corazones, para que cumpliendo también la segunda lectura, realicemos el sacerdocio real, porque le pedimos a Dios por nuestro pueblo de manera especial por el más sufriente.

Amén

Carta Pastoral 2017

pcp

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