Domingo 21 Octubre 2018

Así se resume la homilía Monseñor Oscar Aparicio su homilía de este pasado domingo 19 de agosto, Domingo XX del Tiempo Ordinario, en el que Jesús se muestra al pueblo como el Pan Vivo bajado del Cielo.

Mons. Oscar en la homilía de la Eucaristía celebrada en la Catedral Metropolitana de San Sebastián, invito a poder reconocer, primeramente que Dios está en todo momento de nuestra vida, que nos ama y buscando nuestro bienestar nos da el alimento diario. Sin embargo es mayor su amor que en su hijo Jesucristo quiso darse como alimento para la vida eterna.

Con su cuerpo y su sangre nos congregamos para hacer comunión en la Santa Misa, así recibir las fuerzas no solamente para la vida diaria sino para participar de la patria celestial que nos tiene preparada para compartir su misma gloria. Con ello destacó que el Señor ha querido darse para llenar aquellos vacíos de la persona que solamente con Dios se pueden llenar y vivir en la plena alegría y gozo.

El Arzobispo destacó además el valor tan importante del Sacramento de la Eucaristía: "La Misa no es de manera privada. La Eucaristía no se vende. El sacramento de la Eucaristía es algo que constituye y algo propio de esta comunidad, asamblea de Dios. Es Dios presente, que nos da el verdadero alimento, la verdadera bebida".

Video y Texto de la Homilía.

Frente al hecho de que les falta el pan, están hambrientos y están en un lugar descampado. Jesús mismo invita a sus discípulos de poder proveer este pan. Un niño que tenía 5 panes y 2 peces, que comparte este este alimento. Se puede repartir a tanta gente, a tantas multitudes.

Es el mensaje muy claro, muy evidente, que Dios es un Dios que vela nuestras vidas. Es un Dios providente, es un Dios que llena nuestras mesas de Pan. Es un Dios que no solo nos regala la vida, nos regala el trabajo, nos regala las fuerzas. Es un Dios que nos regala nuestro alimento. Es un Dios que día a día, nosotros tenemos que reconocerlo, que se preocupa también por lo que podamos saciarnos o lo que pueda responder a nuestras necesidades. Este es Dios, es así.

Sin embargo es también un pan perecedero. De hecho nosotros necesitamos también cada día alimentarnos, para poder subsistir. De hecho necesitamos constantemente de este alimento para poder cubrir las necesidades. Y sabemos de cuántas cosas somos necesitados y necesitados caminar en este sentido. Sin embargo también es un alimento que, al fin y al cabo, no nos preserva de la muerte; porque se acaba. Porque no sacia total y plenamente.

Por eso hermanos el Señor Jesús empieza con este gran discurso: Si ustedes me han buscado, no es tanto por que descubren en mí que soy alguien que puede darles algo mucho más que solo el pan. Sino que me buscan porque han sido saciados. Y empieza este hermoso y gran discurso del alimento, de lo que Dios provee real y verdaderamente. Ya nos ha provisto del pan en la mesa. Pero también es el anuncio de que Dios, o Jesús, pueden proveer un pan, que supera este pan diario. Puede proveer un alimento que supera el mismo maná.

Sabemos la historia del pueblo de Israel. La mayor necesidad del pueblo, frente al pan, frente al alimento, la pasa en el desierto, en el lugar completamente descampado, el lugar donde no puede haber alimento. Al menos en la esclavitud tenían los ajos y las cebollas, al menos eso. En el desierto no tienen absolutamente nada. Dios es capaz de proveer el maná, el pan que viene del cielo y que alimenta a este pueblo, dándole capacidad de seguir caminando hacia la tierra prometida.

Este pan también es superado. Yo soy el Pan Vivo bajado del Cielo, dirá Jesús. Por eso sus contemporáneos se sorprenden diciendo, cómo es posible que este no solo hay multiplicado los panes. Nos ha dado el pan diario, cotidiano. Cómo es posible que este también se crea más que Moisés. Cómo es posible que este se crea más que los profetas y que habla directamente con Dios, cara a cara y hace posible también este pan o mucho más superado que el mismo maná.

Y hoy la Palabra es más clara todavía. “Yo soy el Pan Vivo bajado del Cielo”. Qué es lo que realmente da la vida. Cuál es el alimento que realmente da la vida, sacia cualquier necesidad del ser humano y provee la vida. Lo dice Él, el que no coma mi Carne y beba mi Sangre no tiene vida eterna. Por tanto hermanos nos está presentando, ahí, por eso decíamos que es la sima, el culmen, del anuncio en este capítulo 6, que ha ido progresivamente en su anuncio: Jesús es el verdadero alimento. Jesús es la verdadera bebida. Quien se alimenta del Señor, quien conoce al Señor, quien se deja amar por el Señor, quien deja que sea su guía el señor, quien se llena el corazón del Espíritu de Dios seguro que lo primero que experimenta es el gran gozo y la alegría. Experimenta una gran serenidad y una paz, toma las fuerzas para también conseguir el pan cotidiano.

Jesús se presenta como el gran sacramento. Sacramento quiere decir como el gran signo del amor de Dios, en este mundo; capaz de saciar todas nuestras vaciedades. Por eso cuánta relación tiene la Eucaristía que también celebramos nosotros. La comunión, el sacramento de la Comunión, del Eucaristía o la Misa, la presencia real de Jesús en Cuerpo y Bebida es aquello que realmente nos da la vida. Porque es el signo mayo del amor de Dios, el signo mayor de la presencia de Jesús en medio de nosotros. Yo soy la verdadera comida, yo soy la verdadera bebida nos está diciendo el Señor.

Sus contemporáneos nuevamente lo cuestionan: Cómo es posible que este hombre quiera darnos de comer su propia carne, inconcebible para ellos, no puede entrar en ninguna lógica. Como alguien puede pretender ser Dios, pero todavía. Cómo alguien puede convertirse en el verdadero y grande alimento que supera cualquier otro tipo de alimento. Cómo puede ser una presencia de Dios, de tal manera sintetizada en la persona de Jesús. Entonces es el señor que los invita a no solo creer, como el anterior domingo se nos invitaba; a no solo creer en este Jesús sino es propiamente alimentarse de este Jesús.

Hermanos míos, si Dios se hace presencia real en medio de nosotros, nos toca a nosotros permanecer en su amor, alimentarnos es este pan. Es un pan partido y repartido para la vida del mundo. Nos toca a nosotros aceptarlo o rechazarlo. Alimentarnos de Él o dejarlo de lado. Ahí viene nuestra responsabilidad.

Por eso la Eucaristía la celebramos en comunidad, la celebramos en familia, la celebramos como un pueblo que camina al encuentro del Señor. La Eucaristía, la Misa no es de manera privada. La Eucaristía no se vende. El sacramento de la Eucaristía es algo que constituye y algo propio de esta comunidad, asamblea de Dios. Es Dios presente, que nos da el verdadero alimento, la verdadera bebida.

Todo esto Jesús enseñaba en la sinagoga. Así termina el Evangelio de hoy. Sinagoga quiere decir el lugar de culto, el lugar donde el Pueblo de Dios se reúne, para escuchar la palabra de Dios y para alimentarse. Es el lugar del culto, es lo que en otros términos también se traducen en sinónimo de lo que es la Iglesia, es decir esta asamblea, donde Jesús pronuncia esta Palabra de Vida, donde Jesús se hace presente, en la asamblea, en la comunidad.

Por tanto hermanos, si nosotros celebramos domingo tras domingo el día del Señor, celebramos la Eucaristía ciertamente, para escuchar su Palabra, para seguir al Señor, para sean Iluminados. Celebramos para alimentarnos del verdadero Pan y la verdadera Bebida, para que esto nos capacite, no solo en la vida misma sino a ser transmisores de aquello es que importante también en nuestro mundo.

Que nuestras comunidades, que nuestras familias, que nuestros grupos también puedan recibir este Pan, este Sacramento de Salvación.
Amén.

Carta Pastoral 2017

pcp

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