Viernes 22 Junio 2018

Ayer martes, en la Catedral de San Sebastián, se celebró la Solemne Misa Crismal, con la presencia de los sacerdotes y diáconos de nuestra Arquidiócesis de Cochabamba.

En una celebración muy emotiva se realizó la renovación de las promesas sacerdotales ante el Arzobispo. Además se realizó la bendición de los oleos para los enfermos y los catecúmenos, así como la consagración del Santo Crisma; que serán usados en los sacramentos.

Mons. Oscar Aparicio, durante su homilía, centró su reflexión en la renovación de las promesas sacerdotales invitando a profundizar aún más la misión de ministros del Señor, elegidos por Él, comprometidos con su iglesia y su pueblo. “Por tanto, somos, sacerdotes del Señor, ministros de nuestro Dios. La misión, cuyo cumplimiento proclamó Jesús en la Sinagoga de Nazaret, se perpetúa en el ejercicio ministerial de los sacerdotes. Hoy sigue actualizándose esta Buena Nueva de salvación en el nuevo pueblo de Dios, en la nueva heredad del Señor, a la que los sacerdotes servimos”.

Remarcó además la necesidad de dejarse tocar por el Espíritu de Dios pues “lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble”, siendo capaces de abrir el corazón al deseo de Dios y la vida verdadera.

Con ello invitó a vivir el sacerdocio en unidad y fraternidad. Así como invita la carta pastoral. “Les invito, pues, muy queridos hermanos sacerdotes, empeñarnos a buscar ansiosamente nuestra UNIDAD SACERDOTAL. E invitó además a no olvidarse del cuidado de la casa común y vivir la opción preferencial por los pobres.

Concluyó pidiendo, a los fieles, oración por los ministros del Señor, particularmente por el Santo Padre, que recibe tantos ataque fuera pero también dentro de la Iglesia.

Video y Texto - HOMILIA DE MISA CRISMAL COCHABAMBA 2018
Mons. Oscar Aparicio Céspedes

Queridos hermanos Obispos,
Distinguidas autoridades presentes en esta celebración,
Muy queridos hermanos Sacerdotes: Diocesanos y Religiosos; Diáconos Permanentes. Quiero saludar de una forma muy especial a nuestros diáconos recientemente Ordenados: Mario Mamani y Adrián Cruz.
Religiosas y Seminaristas;
Amados hermanos y hermanas todos en el Señor:

Renovación de las promesas sacerdotales

Como bien sabemos, son dos los motivos que nos han congregado hoy en esta Eucaristía. Primero la bendición de los óleos y luego la renovación del Orden y ministerio sacerdotal. El año pasado intente explicar, brevemente, el sentido de los óleos. En esta ocasión quisiera concentrarme en este segundo aspecto no menos importante, es decir, la renovación de las promesas sacerdotales.

Es así que, En esta celebración llamada “Misa Crismal”, año tras año, los sacerdotes que hemos recibido el ministerio ordenado al servicio del Pueblo de Dios renovamos nuestras promesas sacerdotales, a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, quien es la razón de nuestra vida, ministerio y servicio. Pero, nosotros lo hacemos hoy, más concretamente en esta Iglesia Local, en esta Iglesia Diocesana.

¡Ésta es la magnitud del don que recibimos el día de nuestra ordenación! Fuimos asociados al sacerdocio mismo de Cristo, actuamos en representación de Él. Experimentamos entonces un cambio radical en nuestro ser y en un sentido ya no somos los que éramos.

De hecho, la liturgia de hoy vincula el sacerdocio con las palabras de promesa del profeta Isaías: “Ustedes se llamaran ‘sacerdotes del Señor’, dirán de ustedes: ‘Ministros de nuestro Dios’” (61, 6). El profeta retoma con esto la gran palabra de tarea y de promesa que Dios había dirigido a Israel en el Sinaí: “Serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa” (Ex 19, 6). En el mundo entero y para todo él, que en gran parte no conocía a Dios, Israel debía ser como un santuario de Dios para la totalidad, debía ejercitar una función sacerdotal para el mundo. Debía llevar el mundo hacia Dios.

De igual forma, el evangelio proclamado, adquiere un valor especial para nosotros. Las palabras pronunciadas por el mismo Señor Jesús afirman su ser y su hacer, por tanto, viene a ser también para nosotros el anuncio de nuestra identidad y nuestra misión. HOY se cumple esta palabra.

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva…”

Como hemos escuchado, el texto evangélico de san Lucas, presenta a Jesús en la sinagoga de Nazaret, leyendo el libro del profeta Isaías y explicando su sentido: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos, dar la vista a los ciegos y dar la libertad a los oprimidos» (Lc 4, 18).

En el pueblo donde el Maestro se había criado y crecido, desde su infancia, instruye a sus contemporáneos sobre la acción salvadora de Dios para con el pueblo de Israel. El anhelo de libertad y de paz se cumple con la presencia del Mesías; la Buena Nueva de salvación no sólo es anunciada y proclamada de modo profético, sino que se cumple real y verdaderamente con la llegada del Ungido de Dios.

Jesús, enrollando el volumen de Isaías lo devolvió al ministro, se sentó y proclamó de modo solemne: «Hoy se cumple esta Escritura, que acaban de oír» (Lc 4, 21). Él, Jesús, es el cumplimiento de las promesas que Dios hizo a su pueblo. Hoy, también para nosotros se ha cumplido esta misma promesa, es decir, que la presencia de Jesucristo nos trae la salvación, la promesa cumplida en nuestras vidas.

Por tanto, somos, sacerdotes del Señor, ministros de nuestro Dios. La misión, cuyo cumplimiento proclamó Jesús en la Sinagoga de Nazaret, se perpetúa en el ejercicio ministerial de los sacerdotes. Hoy sigue actualizándose esta Buena Nueva de salvación en el nuevo pueblo de Dios, en la nueva heredad del Señor, a la que los sacerdotes servimos.

Carta Pastoral: “Padre, que todos sean uno”. Fraternidad Sacerdotal. Unidad en la Diversidad

Queridos hermanos en el sacerdocio: hoy, día en que queremos renovar nuestra Ordenación Sacerdotal, de manera pública, frente al Pueblo de Dios y de cara a estos próximos días del triduo pascual. Dejemos que el santo Crisma con el que fuimos sellados y configurados con Cristo vuelva a brillar en nuestra vida y ministerio. Que el Espíritu Santo quien nos consagró encuentre en nosotros una renovada disposición a dejarnos tocar y transformar por su acción vivificante.

Espero que esta Pascua nos impregne más de la presencia de Jesús para ser hombres de Dios, porque lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, seamos capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin. Porque, a fin de cuentas, “Dios es la única riqueza que, en definitiva, los hombres desean encontrar en un sacerdote”.

Nosotros como sacerdotes, poseemos algo en común, no por méritos propios, sino por la gran misericordia de Dios. Él mismo nos ha constituido como una familia. Nos ha regalado hermanos que comparten nuestra fe, nuestros quehaceres y nuestro propio servicio.

De hecho, son tantas las razones que nos impulsan a cultivar la mutua colaboración, la solidaridad y la fraternidad sacerdotal, bases fundamentales de la comunión.

Como les decía el año pasado: Nuestro mismo plan pastoral (2010-2020), apunta sabiamente al objetivo más alto que se pueda tener en la vida cristiana, es decir: a ser una IGLESIA-COMUNIÓN. Y como afirmo en la reciente carta pastoral en el número 46 de las conclusiones: “Son grandes y muchos los desafíos que tenemos como Iglesia de Cochabamba. Desde la mirada a la realidad que nos plantea estos desafíos, estamos llamados a caminar en la vida cristiana con un renovado impulso que hunda sus raíces en el Evangelio, con un renovado compromiso con Dios, con el Pueblo de Dios desde una clara opción preferencial por los pobres, con el Medio Ambiente. También con un renovado compromiso ecuménico e interreligioso, donde todos los bautizados estamos llamados a corresponder a la Oración de Jesús: “para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” Jn.17, 21.”.

Soy consciente que no es una tarea fácil, sin embargo, es fundamental que los sacerdotes demos signos evidentes de esa comunión, tanto con Dios, con el pueblo de Dios y entre nosotros. Les invito, pues, muy queridos hermanos sacerdotes, empeñarnos a buscar ansiosamente nuestra UNIDAD SACERDOTAL.

Configurados con Jesús eterno y Sumo Sacerdote, nosotros también sacerdotes, diocesanos y religiosos, no solo queremos renovar este sacerdocio, sino que también estamos dispuestos de reafirmar nuestra espiritualidad de COMUNION. Queremos poner de nuestra parte, todo lo que esté a nuestro alcance en este propósito tan alto.

Despedida

Por último, a todos ustedes, queridos hermanos y hermanas, les pido recen por nosotros, sus sacerdotes. Recemos también por el Santo Padre, el Papa Francisco, él siempre nos lo pide, y hoy es más urgente todavía, frente a tantos ataques que sufre. Manifestemos nuestra filial comunión.

Nuestra Mamita la Virgen de Urkupiña, La virgen María, la Madre de Jesús, esposa de José, que sembró en el mundo la Palabra hecha carne, nos acompañe en esta tarea de dar a conocer a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, el Evangelio de Jesucristo el Señor. Y que el Dios de la vida y la esperanza llene de alegría y paz nuestra Fe y nuestros corazones.

Así sea.

Carta Pastoral 2017

pcp

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