Lunes 20 Noviembre 2017

“Nosotros hemos sido creados para amar y ser amados. Dios, que es Amor, nos ha creado para hacernos partícipes de su vida, para ser amados por Él y para amarlo, y para amar con Él a todas las personas”, lo dijo el Papa Francisco antes de rezar la oración mariana del Ángelus del último domingo de octubre.

En su alocución del Trigésimo Domingo del Tiempo Ordinario, el Santo Padre señaló que, este es el sueño de Dios para el hombre. Y para realizarlo tenemos necesidad de su gracia, necesitamos recibir en nosotros la capacidad de amar que proviene de Dios mismo.

Comentando el pasaje evangélico que la liturgia presenta este domingo, el Obispo de Roma resaltó la importancia de la Ley de Moisés y cómo algunos fariseos se reunieron para poner a prueba a Jesús. “Uno de ellos, un doctor de la Ley, le dirige esta pregunta: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?». Es una pregunta insidiosa – afirmó el Pontífice – porque en la Ley de Moisés son mencionados más de seiscientos preceptos”. ¿Cómo distinguir, entre todos estos preceptos – se preguntó el Papa – el mandamiento más grande?

La respuesta de Jesús es clara, señaló el Sucesor de Pedro, Él no tiene duda alguna y responde: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu». Y agrega: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Esta respuesta de Jesús nos recuerda que los diez Mandamientos, comunicados directamente por Dios a Moisés, eran la condición del pacto de alianza con el pueblo. Con esta respuesta, agregó, Jesús quiere hacer entender que sin el amor a Dios y al prójimo no existe verdadera fidelidad a esta alianza con el Señor.

La respuesta de Jesús a esos fariseos, puntualizó el Papa Francisco, nos recuerda que, “de estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas”. Y que Jesús ha vivido justamente así su vida: predicando y obrando lo que verdaderamente cuenta y es esencial, es decir, el amor. Ya que el amor, señaló el Pontífice, da impulso y fecundidad a la vida y al camino de fe: sin el amor, la vida y la fe se quedan estériles.

Antes de concluir su discurso, el Papa Francisco subrayó que en esta página evangélica encontramos un ideal estupendo, que corresponde al deseo más auténtico de nuestro corazón. De hecho, agregó el Papa, nosotros hemos sido creados para amar y ser amados. Y para realizar este ideal tenemos necesidad de la gracia de Dios, necesitamos recibir en nosotros la capacidad de amar que proviene de Dios mismo. Y ¿Dónde encontramos esta gracia, se pregunta el Obispo de Roma? En Jesús, que se ofrece a nosotros en la Eucaristía justamente por esto. “En ella – en la Eucaristía precisó el Pontífice – nosotros recibimos su Cuerpo y su Sangre, es decir, recibimos a Jesús en la expresión máxima de su amor, cuando Él se ofreció a sí mismo al Padre por nuestra salvación”.

Texto completo de las palabras del Papa Francisco en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Este domingo la liturgia nos presenta un pasaje evangélico breve, pero muy importante (Cfr. Mt 22,34-40). El evangelista Mateo narra que los fariseos se reunieron para poner a prueba a Jesús. Uno de ellos, un doctor de la Ley, le dirige esta pregunta: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?» (v. 36). Es una pregunta insidiosa, porque en la Ley de Moisés son mencionados más de seiscientos preceptos. ¿Cómo distinguir, entre todos estos, el mandamiento más grande? Pero Jesús no tiene duda alguna y responde: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu». Y agrega: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (vv. 37.39).

Esta respuesta de Jesús no es presupuesta, porque, entre los múltiples preceptos de la ley hebrea, los más importantes eran los diez Mandamientos, comunicados directamente por Dios a Moisés, como condición del pacto de alianza con el pueblo. Pero Jesús quiere hacer entender que sin el amor por Dios y por el prójimo no existe verdadera fidelidad a esta alianza con el Señor. Tú puedes hacer tantas cosas buenas, cumplir tantos preceptos, tantas cosas buenas, pero si tú no tienes amor, esto no sirve.

Lo confirma otro texto del Libro del Éxodo, llamado “código de la alianza”, donde se dice que no se puede estar en la Alianza con el Señor y maltratar a quienes gozan de su protección. ¿Y quiénes son estos que gozan de la protección? Dice la Biblia: la viuda, el huérfano, el migrante, es decir, las personas más solas e indefensas (Cfr. Ex 22,20-21).

Respondiendo a esos fariseos que lo habían interrogado, Jesús trata también de ayudarlos a poner en orden en su religiosidad, para restablecer lo que verdaderamente cuenta y lo que es menos importante. Dice: «De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,40). Son los más importantes, y los demás dependen de estos dos. Y Jesús ha vivido justamente así su vida: predicando y obrando lo que verdaderamente cuenta y es esencial, es decir, el amor. El amor da impulso y fecundidad a la vida y al camino de fe: sin el amor, sea la vida, sea la fe permanecen estériles.

Lo que Jesús propone en esta página evangélica es un ideal estupendo, que corresponde al deseo más auténtico de nuestro corazón. De hecho, nosotros hemos sido creados para amar y ser amados. Dios, que es Amor, nos ha creado para hacernos partícipes de su vida, para ser amados por Él y para amarlo, y para amar con Él a todas las personas. Este es el “sueño” de Dios para el hombre. Y para realizarlo tenemos necesidad de su gracia, necesitamos recibir en nosotros la capacidad de amar que proviene de Dios mismo. Jesús se ofrece a nosotros en la Eucaristía justamente por esto. En ella nosotros recibimos su Cuerpo y su Sangre, es decir, recibimos a Jesús en la expresión máxima de su amor, cuando Él se ofreció a sí mismo al Padre por nuestra salvación.

La Virgen Santa nos ayude a acoger en nuestra vida el “gran mandamiento” del amor a Dios y al prójimo. De hecho, si incluso lo conocemos desde cuando éramos niños, no terminaremos jamás de convertirnos a ello y de ponerlo en práctica en las diversas situaciones en las cuales nos encontramos.

(Traducción del italiano, Renato Martinez)

Togo y Venezuela en el corazón del Papa

Después de rezar a la Madre de Dios, el Santo Padre Francisco saludó afectuosamente a los numerosos fieles y peregrinos presentes en la Plaza de San Pedro.

Ante todo el Pontífice recordó que el último sábado de octubre en la localidad brasileña de Caxias do Sul, fue proclamado Beato Giovanni Schiavo, sacerdote profeso de la Congregación de San José, cuyos miembros son conocidos también con el nombre de “Josefinos de Murialdo”.

“Nacido en las colinas de la provincia de Vicenza al inicio del 1900, fue enviado, siendo un joven sacerdote a Brasil, donde trabajó con celo al servicio del pueblo de Dios y de la formación de los religiosos y de las religiosas. Que su ejemplo nos ayude a vivir plenamente nuestra adhesión a Cristo y al Evangelio”.

Tras saludar a los diversos grupos de peregrinos italianos y de diversos países, entre los cuales irlandeses, austríacos y alemanes, dirigiéndose a los participantes en el Congreso de los Institutos seculares italianos, el Pontífice los animó en su testimonio del Evangelio en el mundo, al igual que a los miembros – procedentes de Orta Nova en la provincia de Foggia – de la Federación Italiana que reúne a las Asociaciones de donadores de sangre.

De la misma manera el Santo Padre – tras afirmar que veía a los colombianos que acudieron a rezar con él – nombró a la comunidad togolesa que vive en Italia, junto a la venezolana, con la imagen de Nuestra Señora de Chiquinquirá, a la que denominan afectuosamente “la Chinita”. Por esta razón, el Papa encomendó a la Virgen María las esperanzas y las legítimas expectativas de ambas naciones.

Por último, Francisco deseó a todos que transcurran un domingo feliz, a la vez que pidió, como suele hacer, que no se olviden de rezar por él. ¡Buen almuerzo y hasta la vista!

Carta Pastoral 2017

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El Santo Padre

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