Viernes 15 Diciembre 2017

Jesús envía a los apóstoles con este mandato: “Vayan por todo el mundo y hagan discípulos míos (cfr. Mt 28,19). En el contexto del mundo de hoy puede surgir una pregunta: ¿ganamos algo si aceptamos el Evangelio y nos transformamos en discípulos de Cristo?

Jesús mismo, conversando con Pedro, ha dado respuesta: todo el que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos o tierras por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna (Mt 19, 29).

Ignorar o rechazar a Jesucristo significa perder la gran oportunidad de participar en la inescrutable riqueza de Cristo (cfr. Ef 3,8) y en la plenitud de su vida (cfr. Jn 10, 10). San Pablo manifiesta su fascinación por la oferta divina con estas palabras: ni ojo vio, ni oído oyó, ni ha entrado al corazón del hombre, las cosas que Dios ha preparado para los que le aman (cfr. 1 Cor 2,9). Por consiguiente el anuncio del Evangelio de Cristo trae un gran beneficio a la humanidad entera, mejor dicho, el supremo bien.

Mirada al mundo a la manera de Dios

Para una mejor comprensión de nuestro mundo es preciso que nuestra mirada sobre el mismo sea a la manera de Dios.

Una mirada de amor que sabe descubrir la bondad y la belleza en medio de toda realidad para amarla con ternura, una mirada de misericordia que aprende a mostrar el daño que produce el pecado personal y social para ofrecer la salvación a la humanidad y una mirada de fe que ayuda a convertirnos en discípulos-misioneros de un mundo nuevo.

Fuente: Instrumentum Laboris para preparar el Congreso de 2018.

Carta Pastoral 2017

pcp

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Radio Arquidiocesana San Sebastián

 

El Santo Padre

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