Domingo 25 Junio 2017

La mañana de hoy se realizó, en la Catedral Metropolitana de San Sebastián, la Santa Misa Crismal con la participación de más de ciento cincuenta sacerdotes y diáconos.

En la homilía, Mons. Oscar Aparicio se refirió inicialmente a los santos oleos que se bendecirían y consagrarían, explicando su uso e importancia. Como segundo elemento destacó la renovación de las promesas sacerdotales, en la necesidad de establecer un compromiso con el ministerio al servicio del pueblo de Dios pero particularmente con la necesidad de fortalecer la fraternidad entre todo el clero de Cochabamba.

HOMILIA DE MISA CRISMAL COCHABAMBA 2017
Mons. Oscar Aparicio Céspedes

Saludos

Queridos hermanos Obispos,
Distinguidas autoridades presentes en esta celebración,
Muy queridos hermanos Sacerdotes: Diocesanos y Religiosos; Diáconos Permanentes.
Religiosas y Seminaristas;
Amados hermanos y hermanas todos en el Señor:

Bendición de los Santos óleos

Como bien sabemos, son dos los motivos que nos han congregado hoy en esta Eucaristía. Primero la bendición de los óleos y luego la renovación del Orden y ministerio sacerdotal.

Amados hermanos, antes de todo, quisiera explicar brevemente el sentido de estos óleos, ayudado de la catequesis del Magisterio de la Iglesia:

Tenemos en primer lugar el óleo de los catecúmenos. Este óleo es el signo del modo que somos tocados por Cristo y por su Espíritu, un toque interior con el cual el Señor atrae a las personas junto a Él. Por eso, mediante esta unción nuestra mirada se dirige a las personas que se ponen en camino hacia Cristo, a las personas que están buscando la fe, buscando a Dios. Aunque, también, el óleo de los catecúmenos nos dice que no sólo los hombres buscan a Dios sino también que Dios mismo se pone en una actitud de buscarnos a nosotros. El hecho de que Él mismo se haya hecho hombre y haya bajado a los abismos de la existencia humana, hasta la noche de la muerte, nos muestra lo mucho que Dios ama al ser humano, su criatura. Impulsado por su amor, Dios, se ha encaminado hacia nosotros…

En este sentido, deberíamos permanecer siempre catecúmenos (al mismo estilo que siempre deberíamos permanecer discípulos). El conocer a Dios no se acaba nunca. Por toda la eternidad podemos, con una alegría creciente, continuar a buscarlo, para conocerlo y amarlo cada vez más.

Después está el óleo de los enfermos. Tenemos ante nosotros la multitud de las personas que sufren: los hambrientos, los sedientos, las víctimas de la violencia en todos los continentes, en particular acá en Cochabamba, los enfermos con todos sus dolores, sus esperanzas y desalientos, los perseguidos y los oprimidos, las personas con el corazón desgarrado y tantos, tantos, que ustedes mismos conocen y ven a diario.

De hecho, el curar es un encargo primordial que Jesús ha confiado a la Iglesia, según el ejemplo que Él mismo nos ha dado, al ir por los caminos sanando a los enfermos. Por tanto, el anuncio del evangelio debe ser un proceso de curación: “…para curar los corazones desgarrados”, nos dice hoy la primera lectura del profeta Isaías (61,1). El anuncio del Reino de Dios, de la infinita bondad de Dios, debe suscitar ante todo esto: curar el corazón herido de los seres humanos.

La primera y fundamental curación sucede en el encuentro con Cristo que nos reconcilia con Dios y sana nuestro corazón desgarrado. Pero además de esta tarea central, también forma parte de la misión esencial de la Iglesia la curación concreta de la enfermedad y del sufrimiento. El óleo para la Unción de los enfermos es expresión sacramental visible de esta misión. Desde los inicios maduró en la Iglesia la llamada a curar, maduró el amor cuidadoso a quien está afligido en el cuerpo y en el alma.

En tercer lugar, tenemos, finalmente, el más noble de los óleos eclesiales, el Crisma, una mezcla de aceite de oliva y de perfumes vegetales. Es el óleo de la unción Bautismal, de la Confirmación y de la unción sacerdotal, unción que enlaza con las grandes tradiciones de unciones del Antiguo Testamento.

La liturgia de hoy vincula con este óleo las palabras de promesa del profeta Isaías: “Ustedes se llamaran ‘sacerdotes del Señor’, dirán de ustedes: ‘Ministros de nuestro Dios’” (61, 6). El profeta retoma con esto la gran palabra de tarea y de promesa que Dios había dirigido a Israel en el Sinaí: “Serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa” (Ex 19, 6). En el mundo entero y para todo él, que en gran parte no conocía a Dios, Israel debía ser como un santuario de Dios para la totalidad, debía ejercitar una función sacerdotal para el mundo. Debía llevar el mundo hacia Dios.

De esta manera, adquieren un valor especial para nosotros las palabras del evangelio pronunciadas por el Señor Jesús y el cómo se cumple HOY esta palabra.

El señor me ha ungido

Como hemos escuchado, el texto evangélico de san Lucas, presenta a Jesús en la sinagoga de Nazaret, leyendo el libro del profeta Isaías y explicando su sentido: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos, dar la vista a los ciegos y dar la libertad a los oprimidos» (Lc 4, 18).

En el pueblo donde el Maestro se había criado y crecido, desde su infancia, instruye a sus contemporáneos sobre la acción salvadora de Dios para con el pueblo de Israel. El anhelo de libertad y de paz se cumple con la presencia del Mesías; la Buena Nueva de salvación no sólo es anunciada y proclamada de modo profético, sino que se cumple real y verdaderamente con la llegada del Ungido de Dios.

Jesús, enrollando el volumen de Isaías lo devolvió al ministro, se sentó y proclamó de modo solemne: «Hoy se cumple esta Escritura, que acaban de oír» (Lc 4, 21). Él, Jesús, es el cumplimiento de las promesas que Dios hizo a su pueblo. Hoy, también para nosotros se ha cumplido esta misma promesa, es decir, que la presencia de Jesucristo nos trae la salvación, la promesa cumplida en nuestras vidas.

Por tanto, somos, sacerdotes del Señor, ministros de nuestro Dios. La misión, cuyo cumplimiento proclamó Jesús en la Sinagoga de Nazaret, se perpetúa en el ejercicio ministerial de los sacerdotes. Hoy sigue realizándose la Buena Nueva de salvación en el nuevo pueblo de Dios, en la nueva heredad del Señor, a la que los sacerdotes servimos.

Renovación de las promesas sacerdotales. FRATERNIDAD SACERDOTAL

Es aquí donde podemos hacer una segunda consideración con relación a nuestra Misa Crismal. En ella, año tras año, los sacerdotes que hemos recibido el ministerio ordenado al servicio del Pueblo de Dios renovamos nuestras promesas sacerdotales, a Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, quien es la razón de nuestra vida, ministerio y servicio. Pero, lo hacemos, más concretamente en esta Iglesia Local, en esta Iglesia Diocesana,

¡Ésta es la magnitud del don que recibimos el día de nuestra ordenación! Fuimos asociados al sacerdocio mismo de Cristo, actuamos en representación de Él. Experimentamos entonces un cambio radical en nuestro ser y en un sentido ya no somos los que éramos.

Queridos hermanos en el sacerdocio: hoy, día en que queremos renovar nuestras promesas sacerdotales al Señor, de manera pública, frente al Pueblo de Dios y de cara a estos próximos días del triduo pascual. Dejemos que el santo Crisma con el que fuimos sellados y configurados con Cristo vuelva a brillar en nuestra vida y ministerio. Que el Espíritu Santo quien nos consagró encuentre en nosotros una renovada disposición a dejarnos tocar y transformar por su acción vivificante.

Espero que esta Pascua nos impregne más de la presencia de Jesús para ser hombres de Dios, porque lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, seamos capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin. Porque, a fin de cuentas, “Dios es la única riqueza que, en definitiva, los hombres desean encontrar en un sacerdote”.

Poseemos algo en común, no por méritos propios, sino por la gran misericordia de Dios. Él mismo nos ha constituido como una familia. Nos ha regalado hermanos que comparten nuestra fe, nuestros quehaceres y nuestro propio servicio.

De hecho, son tantas las razones que nos impulsan a cultivar la mutua colaboración, la solidaridad y la fraternidad sacerdotal, bases fundamentales de la comunión.

Nuestro mismo plan pastoral (2010-2020), apunta sabiamente al objetivo más alto que se pueda tener en la vida cristiana, es decir: a ser una IGLESIA-COMUNIÓN.

Somos conscientes que no es una tarea fácil, sin embargo, es fundamental que los sacerdotes demos signos evidentes de esa comunión, tanto con Dios, con el pueblo de Dios y entre nosotros. Les invito, pues, queridos hermanos, empeñarnos a buscar ansiosamente nuestra UNIDAD SACERDOTAL.
Configurados con Jesús eterno y Sumo Sacerdote, nosotros también sacerdotes, diocesanos y religiosos, no solo queremos renovar este sacerdocio, sino que también estamos dispuestos de reafirmar nuestra espiritualidad de COMUNION. Queremos poner de nuestra parte, todo lo que esté a nuestro alcance en este propósito tan alto.

Por último, a todos ustedes, queridos hermanos y hermanas, les pedimos recen por nosotros, sus sacerdotes.
Que nuestra mamita, la Virgen de Urcupiña nos acompañe y ayude.

Así sea.

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