Jueves 27 Abril 2017

Este domingo IV de Cuaresma, el evangelio de San Juan nos narró la escena de Jesucristo con el ciego de nacimiento. Mons. Oscar Aparicio, Arzobispo de Cochabamba, durante la celebración dominical hizo una reflexión sobre este suceso.

Pidió que reconozcamos, como el ciego de nacimiento que solo en Dios podemos encontrar la luz que guie nuestras vidas. Expresó además la necesidad que nos dejemos abrir los ojos ante la ceguera que nos provoca este mundo.

MONS. OSCAR APARICIO – IV domingo tiempo ordinario

La preparación hacia la Pascua, domingos III, IV Y V se proclama la Palabra en Juan, en este año, son lecturas largas, pero apasionantes y tanta luz nos trae. El domingo anterior fue el encuentro con la Samaritana, en todos sus detalles, al fin y al cabo hay una revelación muy clara y muy evidente, Yo soy la fuente de agua viva, dice el Señor. Quien toma de esta agua, no morirá y beberá un agua, por tanto, que trae la vida.

Hoy aparece al principio del Evangelio la palabra de Jesús que se proclama como luz. Bien hermanos, que son realidades fundamentales en la vida nuestra, el agua y la luz, no se puede vivir sin ellas. Jesus se revela como tal. El Evangelio hoy en todos sus detalles, vean cómo en realidad va haciendo, de una manera progresiva en el caso de ese ciego de nacimiento que éste, reconozca Jesús como luz, como Salvador, como Mesías, como Hijo de Dios. Es una pedagogía del Evangelio también para nosotros, ayudarnos de a poca también descubrir a Jesucristo que es el agua de vida y es la luz verdadera. Él toma la fragilidad del ser humano, o por lo menos la lógica suya es elección de aquellos que son frágiles.

Normalmente nosotros pensamos que hay que elegir a los más grandes, a los más poderosos a los más destacados. En cambio Jesús, en este caso del ciego de nacimiento, elige a éste para después desvelar lo que quiere decir con esta palabra para ser luz de las gentes. De alguna manera aparece también con David, nadie se ha fijado en él, ni su padre, ni siquiera el profeta, y si embargo a él le constituye en rey. O lo que hemos celebrado ayer. Elegir a una doncella, una mujer de Nazaret, una joven sencilla para ser la madre de Jesús. El anuncia esa salvación y concibe a través del Espíritu, justamente a María a Jesús, Dios que nos salva y o Emanuel, Dios con nosotros, que anunciaba el profeta. Por tanto hermanos yo les invitaría así brevemente, de todos modos les toca a ustedes retomar todo el capítulo 9 de Juan y meditarlo, orarlo descubrir allí lo que está revelando Dios mismo.

Aparece este ciego de nacimiento, como hemos dicho; el, alguien probablemente que no llama la atención porque simplemente es un pobre descartado, marginado, es alguien que vive allí prácticamente destinado a su suerte. A demás tiene un gravísimo problema, es ciego de nacimiento. La enfermedad se consideraba como producto del pecado. Por eso los discípulos decían, ¿Maestro quien ha pecado, él o sus padres? Jesús descarta rápidamente esta mentalidad errónea. Porque la enfermedad no es producto del pecado. La enfermedad es producto de un mal congénito, o es producto de la fragilidad del ser humano. Algo falla por tanto de esa fragilidad viene la enfermedad, y nos es culpa de los abuelos ni de los padres. Este ciego de nacimiento es para que se revele la misericordia y el amor de Dios. Jesús escupió en tierra, hace barro y se la planta a los ojos del ciego. Hermanos míos pongámonos en esta situación. Alguien que ya está marginado, este pobre que al final ya ha acostumbrado a su vida así, de total descarte, este que está en la oscuridad total. De pronto alguien pone en la cara barro, anda y lávate, le ordena; en la máxima humildad ése se lava y ve. Es ahí donde se le complica la vida. Jesús se ha metido a la vida de él. Jesús se mete en la vida nuestra, Jesús para hacer una obra de salvación, es un hombre también que entra en la historia, para salvar nuestra historia y nuestra realidad.

Jesús le devuelve la dignidad, no solo le devuelve la luz, la capacidad de ver. No solo le cura de la enfermedad, le devuelve la dignidad de ser humano, lo hace parte de la comunidad nuevamente. Por eso es extraño que el evangelista Juan toma los escribas saduceos en el sanedrín el lugar de la comunidad. Más tarde este ciego será también expulsado de esta comunidad. Hemos leído, lo hemos escuchado, ustedes medítenlo. Este ciego que en primero lugar dice este es un hombre, cuando cuenta su experiencia dice, ese hombre me ha puesto barro en los ojos y me ha dicho que me lave, me he lavado y ahora veo. Más tarde dirá yo no sé si es pecador, pero lo que sí sé que es un profeta. Y más tarde todavía dirá se inclinara y arrodillara delante del Señor, cuando le dice: crees en el Hijo del Hombre, y él dirá, sí creo. Eres Tú el que me ha abierto los ojos, eres Tú el que me ha dado la vida. Es hermoso el dialogo del ciego con los dueños, diríamos así entre comillas, del sanedrín. En esta ironía fina, en esta forma de decir: ¿Acaso ustedes quieren ser sus discípulos? Cuando ellos insisten como es que te ha abierto los ojos, ya se les he contado, ¿acaso quieren ser sus discípulos? Y se enfadan.

O el temor de sus padres que dicen, ya tiene edad por tanto pregúntenle a él. Se lavan bien gentilmente las manos, porque temen de ser echados del sanedrín. Temen ser expulsados y ser marginados, ser nadie. Este hombre echado reconoce a Jesús. Este hombre reconoce quién le ha dado la luz. Por tanto creo que es también pedagógicamente un itinerario para que nosotros podamos caminar, recibiendo la luz, que caminemos hacia el encuentro con el Señor. Que recibiendo la luz y abriendo los ojos, reconozcamos que Aquel es el que nos salva. Reconociendo la oscuridad de nuestro cuerpo, la oscuridad de nuestras mentes, la oscuridad como producto de nuestros pecados. Reconozcamos que el Señor es quien nos da la luz. Señor dame la luz.
Se trata de recibir entonces a Jesus, luz de las gentes. Se trata de recibir al Señor que nos va abrir los ojos, aunque Él pone más barro para descubrir nuestra miseria, pero al mismo tiempo, para ser lavados por el agua, para ser purificados por el agua. Para luego recibir también esta grandiosa luz y reconocerlo como Hijo de Dios.

Hermanos míos, esa es la invitación para toda la humanidad en el día de hoy. Para nosotros que estamos acá, para nuestra sociedad cochabambina, para nuestras familias, nuestras comunidades, para nuestros gobernantes, para los legisladores. Es una muestra clara y evidente de que el Señor en su preciosa y gran voluntad quiere que seamos aquellos que veamos la luz; que reconozcamos al autor de la vida, que acudamos a la fuente de agua viva, que reconozcamos que su amor que nos construye como persona y como sociedad. Que inclinándonos delante de Él que es la vida, el amor, la fraternidad y la solidaridad, seamos purificados de nuestros pecados. Y nos invita esta palabra al próximo domingo a reconocer a este Dios, el Dios de la vida. Ya les anticipo, el próximo domingo tendremos el Evangelio donde Lázaro es resucitado por el poder de Jesús, de este hombre y este Dios.

Que hoy entonces el Señor nos conceda aquello que dice al final del Evangelio, Yo he venido para dar la luz a los que no ven. Para que los ciegos vean, si ustedes permanecen en pecado no verán. O si ustedes dicen que ven, permanecen en pecado porque su orgullo es más grande que esto. Es ciertamente una palabra dicha a los fariseos. Sin embargo es una palabra dicha hoy en medio a nuestra sociedad. Para que aquellos que están ciegos puedan ver. Para que aquellos que dicen que ven puedan permanecer en el pecado. Acojamos por tanto esta palabra que el Señor nos regala en este cuarto domingo de Cuaresma y nos permite todavía seguir caminando hacia la Pascua del Señor. Amen!

Video destacado

Radio San Sebastián

El Santo Padre